#1 Andrei Rublev (1966), de Andrei Tarkovsky

Supondremos que esta imagen es la interrupción de un paneo al interior de una choza, en algún lugar de Rusia, en algún momento del periodo en que “la horda de oro” asoló su territorio. Atribuiremos esta imagen a la mirada de alguien, un joven monje y pintor de iconos religiosos llamado Andrei, quien ingresó a esa choza junto con dos hermanos de su fe para protegerse de una lluvia que castigaba a la tierra. Otro Andrei, Tarkovsky, el director de la película, decidió que con el paneo sonara una melodía tristemente musitada por una voz de mujer; y otro individuo, un espectador cualquiera, interpretó que ese movimiento de cámara, esa melodía y los campesinos rusos que vemos en el fotograma, configuraron en la mente del joven monje la imagen de la humanidad a la que debía servir con su arte: un lastimero rebaño de seres asustados, congregados por el rigor de la tormenta y que parecen exigirle algo con la mirada. Lo que vendrá después en la película, serán las sucesivas negaciones y confirmaciones que la vida de Andrei le dará al sentido de esa imagen y al deber como artista que de ella se desprende. No hay razón para decir mucho más, salvo que el resultado final -si vale la pena adornar con arte la inacabable tragedia del mundo- dependerá del lugar que Andrei se asigne en este fotograma, y respecto de sus personajes. Al frente o a su lado.

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