#2 La choza (1885), de Vincent Van Gogh

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Antes de obnubilarse con el sol del mediodía; antes de llevar a la tela el movimiento perpetuo de todas las cosas; antes de que su automutilación se convirtiera primero en un mito y después en un cliché. Antes de ser un apóstol del color, el pintor fue un apóstol del Cristo de los pobres, un misionero con la misión de inocular consuelo y esperanza a la atroz existencia de los mineros del carbón de Borinage, Bélgica. Durante 22 meses, entre 1879 y 1880, el pintor superó el mezquino rigor calvinista con que fue formado, y se convirtió en uno más de esos mineros, el más pobre y el más miserable, al punto de socavar su supuesta autoridad espiritual y desconcertar a sus superiores de la burocracia pastoral. De esa experiencia extrajo la decisión de ser pintor y una forma de mirar a los pobres, los campesinos y los obreros que le acompañaría de ahí en más. Cinco años después, en Nuenen, Holanda, pintó un sol negro llamado “Los comedores de patatas” en cuya órbita se encuentra esta adusta choza, con dos puertas y dos familias compartiendo una sola y menguante construcción. El pintor dijo sentirse fascinado por la naturaleza “acogedora” de esta imagen, y quiso transmitir con ella una impresión idílica de la austera y solidaria vida rural. Sin embargo, bajo sus mejores intenciones bulle y se filtra un sentimiento opaco, irrefrenable y que también le acompañó de aquí en más. A falta de una palabra más adecuada, diremos que ante la pobreza y las tinieblas, el cuadro desliza un inconfesado terror.

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