#5 Lancement d’un navire (1896), de Louis Lumière

Del gran hallazgo que se realizó en la empresa familiar de los Lumière en 1895 surgieron muchos hallazgos, diversos en forma y tamaño como las caras de un diamante. En muchas de ellas se podía ver la posibilidad de manipular el tiempo y el espacio escogiendo una perspectiva diagonal, ya sea que esta la dibuje un tren llegando a una estación o una yunta de bueyes cargando bloques de piedra. En otras caras se manifestó la precisión para retratar costumbres, ropas, rostros y lugares, lo que rápidamente impulsó a Louis Lumière y a sus operadores a salir al mundo y engullirlo con su cámara, para regurgitarlo al público de las metrópolis europeas en porciones de 50 segundos. El diamante tenía también un matiz para la magia, los trucos y lo inverosímil, sobre el que Georges Méliès y otros plantaron las semillas cuyos frutos vemos hasta hoy. Sin embargo, la cara más fascinante del gran hallazgo del cine la realizó el propio Louis Lumière en un lugar de la Provenza en 1896, al mostrar en menos de un minuto la naturaleza del espectáculo que estaba ayudando a crear. Este tiene tres tiempos claramente delimitados: a) primer acto, la expectación que prepara al público para lo que verá; b) segundo acto, el vertiginoso desfile de un estímulo que llena el campo visual de los espectadores; y c) tercer acto, al culminar el espectáculo, frente al público vemos al mismo público, solo que está compuesto por otras personas. Como si al final del espectáculo no tuviéramos más remedio que mirarnos a un espejo.

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