#8 El arca rusa (2002), de Alexander Sokurov

Sé que me miras. Ese giro aparentemente espontáneo mientras corremos tras Anastasia –hija del último zar– va dirigido a ti, aunque no te vea ni sepa tu nombre. Los enormes cuadros colgados en el pasillo, las lámparas en hilera y la madera noble que cruje bajo nuestros pies también están destinados para que los contemples, tú y una legión infinita de vivos y de muertos cuya mirada es atraída hacia la inaudita concentración de belleza existente en este palacio, así como la luz es atraída por las enormes concentraciones de masa que curvan el espacio-tiempo. Este palacio y sus habitantes fantasmales somos la representación –en la gloria y en la muerte– de una idea, o de una quimera más bien, surgida de la mente enorme de otro zar igual de enorme, quien sobre un pantano fundó una ciudad donde cupiera un continente entero para desde ahí irradiar luz hacia otro, hacia el suyo y su pasado. El resultado somos nosotros, seres y obras provistos de gran elegancia y de mayor desmesura; de alegre refinamiento y también de una fuerza telúrica que en su momento impresionará al mundo entero, con los Ballets Rusos de Diaghilev, primero, y poco tiempo después con una extraña puesta en escena de gente invisible que se dio a ella misma el nombre de “revolución”.

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