#9 Shirin (2008), de Abbas Kiarostami

El mito dice que al fallecido director iraní Abbas Kiarostami le aconsejaron recurrir a más estrellas femeninas en sus películas para así llevar más gente a las salas; y el mismo mito dice que el realizador respondió colocando a 114 actrices iraníes (y una francesa) frente a la pantalla, interpretando a las espectadoras de una película ficticia. Con el apoyo de voces y sonidos, los rostros de las actrices nos muestran una obra que no vemos –basada en la vieja leyenda persa de Khosrow y Shirin–, pero también nos develan la película que se dibuja en nuestro rostro (cualquiera sea esta) cada vez que miramos a la pantalla, y que tampoco vemos porque nos es imposible hacerlo. No la vemos, pero la vivimos y la traducimos en una expresión facial para que nadie más la mire, pues todos los demás están viviendo lo mismo simultáneamente bajo el refugio de la oscuridad. El cine es un hijo predilecto de la era de las masas, capaz de adormecer –por momentos– la individualidad en los gestos y en los pensamientos mientras la atención está puesta en una sola cosa, en un gran espejo que a cada uno devuelve una imagen distinta.

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