#10 Funeral de Hachiko (1935), de autor desconocido

Dos alienígenas miran desde lejos una esfera azul y blanca que flota en el vacío, y uno le dice al otro: “Los humanos son una plaga peligrosa, potencialmente destructiva para el resto del universo e insanamente creativa a la hora de prodigar sus crueldades. Dame una sola razón para no aniquilarlos de una vez”. A lo que el otro responde: “¿Y quién va a cuidar a los perritos?”. Silencio. Tras miles de años de simbiosis, el lobo mutó en pastor, en compañero de caza, en la compañía más discreta y finalmente en el hijo que nunca crecerá. O, alternativamente, la fiera se convirtió en recurso, el recurso en mejor amigo y el mejor amigo en el poseedor de todas las virtudes humanas sin ninguno de sus defectos. A diferencia de los dioses y de las inteligencias artificiales, los perros son la pantalla más humilde que han encontrado los humanos para proyectar una perfección que saben imposible e inmerecida; a diferencia del costal de deseos infinitos que es el alma humana, los perros son semillas que solo necesitan agua, cariño y unos pocos metros cuadrados para que de ellas brote una constante y austera felicidad. Para una mente distraída –o exageradamente atenta–, la vida de cualquier animal no es más que una triste y vacía espera por la muerte; sin embargo, sabemos que la espera de un perro no solo llena cualquier vacío, sino que puede desbordar su propia modestia y elevarse como una lección que los más sabios sabrán reconocer. Y agradecer.

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