#12 El exorcista (1973), de William Friedkin

Se acerca la navidad. Un amasijo de gusanos engorda devorándose el cadáver de la cristiandad, mientras otro amasijo de burócratas mofletudos –con la parafilia en la mirada, algunos de ellos– organiza la visita del burócrata mayor a un insignificante rincón del mundo. Si Cristo se los encontrara, de seguro los agarraría a golpes. Otro burócrata mofletudo acaba de morir en Roma sin haber respondido ante nadie por los crímenes que ocultó ni por los pederastas que encubrió cuando era el pastor de Boston. El burócrata mayor asistirá a su funeral. Un hermano de la fe de estos lamentables burócratas camina rígido hacia una habitación cerrada, con la actitud y la concentración de quien será fusilado; dispuesto a enfrentarse al mal absoluto –al mal radical, al gran gusano que nos come por dentro– provisto solo de un libro, un frasco con agua y un extraño fuego interior, apenas más compasivo que el gran gusano que tanto sabe y que tanto engaña. El padre Lankester Merrin desciende al infierno, junto con otro sacerdote gibado por su propio infierno, para salvar a una inocente niña, quien –una vez que todo ha pasado– besa con entusiasmo y gratitud a otro jesuita por llevar el mismo cuello romano que los hombres que la rescataron. Visto ahora, parece un chiste cruel.

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