#17 La muerte de Aylan (2015), de Nilufer Demir

El mundo es un infierno de niños muertos. Siempre lo ha sido. Durante milenios estos no fueron más que material genético de prueba, disponible para producir subsistencia, servir al impune solaz sexual del adulto que así lo quisiera, o mezclar su sangre con ancianos, mujeres y hombres en las masacres que hasta hoy son conmemoradas con estatuas y libros sagrados. O eran bocas asfixiadas cuando no había cómo alimentarlas. Hasta que llegó el día en que un grupo de personas se convenció de que el futuro estaba condenado a ser mejor que el presente, y que los ejecutores de esa promesa serían los inocentes que nacen con las manos limpias y la mirada abierta. Inocentes que serían protegidos de la miseria del mundo a fin de concentrar su energía en aprender y comprender lo mejor que tenemos, aquello que nuestra civilización decide día a día conservar, para usarlo como el cimiento de una fábula de salvación humana en clave secular. Donde el lugar de Dios sería ocupado por los niños. Y así fue, solo que en otro sentido, pues al nuevo Dios se le crucifica cotidianamente en ciudades destruidas, sacristías solitarias y orfanatos en abandono. O en soleadas playas que sin saberlo son el muro que separa a los pobres de los ricos. Cada niño muerto es una lápida más en ese cementerio, atestado y sórdido, donde el mito del progreso descansa en paz.

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