#20 La mujer sin cabeza (2008), de Lucrecia Martel

La princesa rubia vive en el corazón del privilegio. En los países feos y pobres como los nuestros, el privilegio consiste en no ver, y por eso los privilegiados se suben en autos grandes que les impiden saber qué criatura miserable les magulló el parachoques y embadurnó con su sangre el caucho de sus neumáticos. La princesa rubia no sabe, pero pese a todo, intuye, y su intuición se despliega sobre su rostro distinguido como la cera que cae por una vela derretida, como la seda de un velo que le oculta a ella y a los demás algo innombrable que amenaza con volverse definitivo. La intuición de la princesa crece y se convierte de pronto en un dragón, que la encierra en una torre de tinieblas de la que solo podrá salir gracias a unos gallardos caballeros que orquestan su rescate. Y asesinan al dragón, y asesinan la intuición. Porque el privilegio también es eso: la solidaridad de otros privilegiados que pueden ensuciarse un poco con tal de que la princesa siga siendo lo que es, y siga ocupando orgullosa su lugar solar en la corte de blancos de un reino mestizo. La princesa rubia vive en el corazón del privilegio, porque otros despliegan sus esfuerzos para hacer de su propia conciencia un juez incompetente y corrupto, un juez que no solo absuelve a la culpable por falta de pruebas sino que la convence de que es inocente. Los privilegiados lo son porque son culpables, pero a la vez son inocentes porque son privilegiados.

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