#22 Anomalisa (2015), de Charlie Kaufman y Duke Johnson

Desde la ausencia de los créditos iniciales en adelante, todo en Anomalisa nos prepara para el desconcierto y después para la sorpresa. Hombres, mujeres y niños le hablan al protagonista –Michael– con una única voz masculina, modulada para cada personaje y con una corporalidad parcialmente indiferenciada por la técnica del stop-motion, que hace más aceptable nuestro desconcierto ante esa forma de perfilar una vida fagocitada por la repetición. Cuando aparece la sorpresa, lo hace en la forma de una voz femenina que se filtra en la trama como un rayo de luz a través de una grieta formada por palabras y experiencias vacías; como la aparición súbita de lo que Lacan llamó “lo real”, aquello que no puede ser reducido a los símbolos de que disponemos ni a las imágenes que cargan con sus significados. La tragedia de Anomalisa consiste en la asimilación de la voz y de la mujer que la emite –Lisa– en otro barrote más de la jaula invencible que su éxito como conferencista y su mediana edad de padre y esposo han forjado alrededor de Michael, produciéndose la mutación no a partir de la consumación de un deseo, sino al momento de esbozar una promesa de futuro. Porque lo real no tiene futuro, sino que es un presente ciego y urgente que no puede perdurar; a lo mucho quedará cristalizado en un souvenir, en un cadáver asimétrico con lejanos vestigios de belleza, articulado en torno a un abismo –a un borde– que alguna vez emitió esa voz de lo real que nunca más volveremos a escuchar. 

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