#24 El columpio (1767), de Jean-Honoré Fragonard

Olvidemos a la aristócrata envuelta en una nube de tela rosada, cuyo deseo vuela con su zapato hacia su amante recostado entre los arbustos. Olvidemos al hombre maduro que columpia a la nube, posible marido engañado que no puede ver lo que nosotros sí, ni saber que está empujando a su esposa hacia el abrazo de un contendor más joven y atractivo. Olvidemos a las estatuas que atribuyen a la clase dominante la belleza y perfección de los seres mitológicos, y con ellas el derecho a decidir sobre la vida de todos los demás; y olvidemos que esta graciosa escena de cupidos, amantes, cornudos y aristócratas es uno de los muchos rondós que se bailaron sobre el cráter de un volcán… hasta que la erupción los silenció. Olvidémonos de todo eso y concentrémonos en la luz, en la pátina turquesa que resulta de la refracción de los rayos del sol en el frondoso follaje de los árboles, y que hace que la escena parezca ocurrir en un entorno cerrado y protegido. Concentrémonos en las copas del fondo, difuminadas como en una ensoñación que puede ser también un recuerdo, uno del pasado o uno por venir; una imagen que nos convenceremos de haber visto en la vigilia para pasarnos el resto de la vida alimentando la esperanza de reencontrarnos con ella.

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