#26 Nelyubov (2017), de Andrei Zvyagintsev

La puerta se cierra en la penumbra con un movimiento súbito –como suele pasar en las películas de terror– dejando a la vista una figura que en vez de aterrar, abisma. Un niño de 12 años llora en silencio al enterarse de que ninguno de sus padres quiere hacerse cargo de él cuando se concrete el anhelado divorcio, y comprende de una sola vez que su vida, toda su vida, es un error ajeno. El metraje que viene a continuación se esmera en explicarnos quién lo cometió. La Rusia bella, llena de gente de bella, con infraestructura limpia y moderna, es una cáscara vacía de autoengaño, pobreza espiritual y prioridades trastocadas; una adornada jaula que condiciona las palabras de los popes, los políticos y los hombres de negocios, y la vida de todos los demás, bajo el dudoso supuesto de que la próspera y bella Rusia del futuro necesita sostenerse en la atávica virtud de la familia y la fecundidad. El niño que llora es el fruto de las reglas de ese juego, en las que sus padres trataron de navegar para su propio e individual beneficio, para después dejarlo colgado como un trozo de papel desde la copa muerta de un árbol muerto. Como una víctima más de un genocidio inverso –privado y perverso– que condenó a una generación entera a ser utilería descartable de una estéril casa de muñecas.

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